Desde pequeña tengo una tendencia innata a meterme en líos sin querer. Mi petardismo me acompaña desde mi más tierna infancia y mentiría si os dijera que no me siento superada a veces por las circunstancias… ¡aunque voy aprendiendo!.

Tal como reza en mi ficha, mis estudios están relacionados con el entorno sanitario, concretamente, el hospitalario. Y llevo meses haciendo prácticas para cubrir las más de 800 horas de vuelo que nos asignan en este curso. A las auxiliares en prácticas ya sabéis que nos toca hacer de todo … movilizar enfermos para que no se llaguen, hacer camas, cambiar sueros … y lavar a los que no pueden levantarse por sí mismos para llegar al baño. Y aquí es cuando mi legendario petardismo ha entrado en acción. Again.

Desde hace un mes tenemos ingresado en planta a un apuesto rockero que tuvo un accidente de moto y quedó muy malherido. Ha estado en coma durante unos cuantos días, aunque milagrosamente despertó hace poco y al parecer, sin secuelas de importancia, un par de fracturas y unos cuantos moratones. Cuando he entrado hoy a trabajar, mis compañeras del turno anterior me han puesto al día del estado de todos los enfermos hasta que al llegar al parte de nuestro amigo, se han puesto a reir: “cuidado con el guaperas tatuado, que al parecer ha estado dormido demasiado tiempo y ahora tiene las pilas a tope”. Les he contestado un OK sin mucho interés, pensando que se referían a que el tipo estaba quejica, o demasiado hablador, y una está acostumbrada.

Me he cambiado y, como cada día, he empezado mi ronda de lavado matutino a los inmovilizados. El último era él. Entro y corro la cortina que separa las camas para resguardar su intimidad de su compañero de habitación. Él tiene los ojos cerrados, así que le digo “buenos días” para que despierte, pero no ha hecho amago de ello. Repito mi saludo un poco más alto y nada, el rockero sigue sin reaccionar. Extrañada, le cojo la mano y se la aprieto un poco mientras le doy mi buenos días por tercera vez …. no mueve ni una pestaña. Empiezo a inquietarme pensando en que le está pasando algo y de repente no sé qué hacer, soy novata y nunca se me había dado una situación semejante. Alterada y pensando en lo peor, me giro para tocar el timbre de emergencias y justo en ese momento noto que una mano me agarra un cachete del culo con toda la intención, doy un respingo, le miro y ahí está, mirándome con cara de golfo y una media sonrisa en la cara. Y … ha sido tal el susto que me ha dado que mi primera reacción ha sido pegarle un golpe en el brazo con todas mis fuerzas, como si él fuera mi hermano pequeño y yo le hubiera cazado haciéndome una trastada. Ha sido instintivo y ni por un momento he pensado que ese hombre estaba en una cama inmovilizado por un accidente que le había dejado medio cuerpo roto y el otro medio, dolorido. Se ha doblado sobre sí mismo en una mueca de dolor y un segundo después ya me estaba arrepintiendo y dándome cuenta de que mis horas de prácticas en ese hospital habían saltado por la ventana … he agredido a un paciente (aunque fuera sin querer) y eso es inexcusable.

“¡Perdón!, ¡perdón, joder!, por favor, lo siento, ha sido sin querer”, le he dicho mientras él mordía la almohada y soltaba un uuuuuuh muy poco tranquilizador. “Madre mía, ¡te he hecho mucho daño!, lo siento, ¿qué puedo hacer?, ¿llamo a un médico?”. Aterrorizada he esperado a que me pegara un hipogrito huracanado, pero se ha girado hacia mi lentamente y la expresión de su cara era triunfal: una espléndida sonrisa le iluminaba esa preciosa cara de golfo (¡el muy sinvergüenza me estaba gastando una broma!). “Puedes darme tu teléfono y no me chivaré”, me ha dicho mientras se reía a carcajadas de mi cara de boba.

Así que se lo que dado. Concretamente el de nuestra rectora, que le informará gustosamente de mis servicios y tarifas 🙂 … dónde las dan, las toman, vaquero.

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