Nunca sabes en qué momento puedes ser reclamado por una mujer. Con Eudora, (mi compañera de trabajo durante los últimos quince años), había aparcado esa posibilidad, a pesar de que en algunas jornadas, nos habíamos rozado de forma provocativa, miradas lascivas habían sido repartidas entre los dos, y diversos juegos de manos, donde se ponía a prueba nuestra resistencia física, daban paso a un contacto muy directo entre ambos. Recuerdo que una mañana, bajo algún pretexto sin base, me había arrinconado con fuerza en uno de los arcones congeladores, colocándome boca arriba como una cucaracha indefensa, aplastando mi cabeza contra la ventana, en una postura en la que era manoseado con descaro. Otra tarde, me había regalado un mordisco con succión en uno de los brazos, pero ella no terminaba por decidirse, y alguna voz interna siempre la frenaba para culminar esas prácticas en algo más concreto. Esa mañana de sábado, el destino había cambiado. No me pregunten el motivo, con ellas nunca se sabe. Simplemente tocaba, le apetecía, y como a mí nunca me había tratado con respeto aun estando jerárquicamente un peldaño por encima de ella, estaba obligado a seguir sus instrucciones. Me tenía confuso. En dos ocasiones, había dispuesto una habitación con jacuzzi para que pudiéramos pasar una velada íntima para enmarcar, pero nunca accedió, aunque tampoco descartaba la idea. En cambio, cuando las manijas del reloj de ese día marcaban las once de la mañana, mi entrepierna recibió un gong, no sonoro, sino físico, que era mi compañera reculando, (figúrense la imagen de una excavadora dando marcha atrás, aprisionando a un obrero), haciéndome que mi espalda se empotrara contra el armario de los licores, y por delante la tuviera a ella barrándome el paso, apretando con su pompis mi entrepierna. La presión era la misma que se ejerce en una melé de rugby. Tras ver que no había sido un accidente casual, y que empezaba a moverse en círculos toscos, mi corazón pisó el acelerador, y un picor de intranquilidad surgió por diversas partes de mi cuerpo. Parecía que una legión de arañas correteaban por entre mis brazos, sentía como la urticaria emergía en mi frente. El fogonazo del sofoco adquirió una llamarada de mayor tamaño cuando la señora Rosalía hizo acto de presencia en la tienda. Pegados como estábamos, entendí que ahí concluía el divertimento de la mañana. Pero Eudora quería seguir con su muñeco cosido a la espalda. La clienta, octogenaria, con carrillones caídos como los de un «bulldog», y modales mezcla de institutriz del siglo diecinueve, sheriff corrupto y funcionario de prisiones malhumorado y violento, entró como era habitual, dándose los buenos días a sí misma, en un susurro imperceptible, como si en lugar de estar dirigiéndose a nosotros, estuviera rezando el rosario. «Cien gramos de jamón dulce. Bien fino». La sra.Rosalía siguió su recorrido por el pasillo central de la tienda, portando la cesta de mimbre habitual. Con un inusitado acierto, las manos de mi compañera me agarraron por encima de la cintura, produciéndome cierto cosquilleo, y me arrastraron por la tarima hasta llegar a la cortadora. Ahí disparó un golpe con su más efectiva arma, y volvió a fijarme. Mientras se hacía con la pieza de embutido, yo permanecía inmóvil, clavado como una mariposa por un alfiler en la vitrina de un coleccionista de insectos. Dejó ir el jamón en la máquina, y antes de empezar a cortar, sus frotamientos dibujaban los movimientos de arriba y abajo de un montacargas. Por fin habló. Temía sus instrucciones, que no eran otras que las de ataque. «Ahora», me repitió por dos veces. La señora Rosalía era un obstáculo a considerar, estar en un local público era otra, pero todo ello era un paquete que contenía unos ingredientes muy excitantes. La abracé, y le besé la nuca llena de tatuajes de estrellas. Odiaba ese peinado marcial masculino, con el cogote y uno de los lados rasurados, y un mechón de pelo rubio que caía a un lado y le cubría parte del rostro. Era una imagen desmejorada de la mítica Verónica Lake. Abrazarla era como intentar mover una nevera de su lugar, debería pesar unos treinta quilos más que yo, de ahí que me dominara con tanta facilidad. Mis manos fueron recorriendo su bata blanca a rayas azules, que era como una estola, tenía aperturas laterales, y se abrochaba con unos corchetes. Hacerse con la cintura de una mujer, siempre había sido un momento glorioso para mí, una sensación de poder me invadía, y quería recrearme en ello, pero la instructora de las maniobras, exigía celeridad, eso no era una vitrina de una juguetería donde uno contempla con pasmo los regalos que va a comprar a los sobrinos. Eudora quería que mancilláramos ese acrisolado prestigio del negocio, dejándonos llevar por un instinto salvaje matutino. Encendió la máquina y aprovechó que tenía las manos libres para bajarse los pantalones. Sus piernas eran anchas como troncos de encinas, pálidas y algo rasposas. Alcé su bata, y reconocí su ropa interior: unas interminables bragas rojas con unas flores bordadas. Fuera de ese cuerpo habrían servido como lona de un circo. Tenía que imitarla desnudándome en la justa medida, pero recelaba, dado que ese cuadro podría no ser suficiente motivo para alentarme, y los utensilios de hombre que salieran a la luz fueran del mismo tamaño que las letras de las condiciones en un contrato de telefonía. No fue así, y como en primavera, una corola acampanada brotó mientras descendía la cremallera de mi pantalón, justo cuando Eudora iniciaba el primer corte de jamón. No había tiempo que perder, así que era preciso hacer circular el convoy por el carril central, la vía dos entendía que estaba cerrada, e intentar pasar por ahí, podría como menos costarme un tortazo, o un «¿pero qué haces guarro?». Un calor abrasivo se vivía en el primer andén. Posiblemente esa estación la estuviera inaugurando esa mañana, así que imaginé a una orquesta tocando, y a un grupo de alegres «majorettes» danzando y haciendo malabares. Esa imaginativa fiesta se cortó, cuando apareció delante de nosotros la clienta. Justo había iniciado el típico movimiento de accionar una sierra, o sea, de ir hacia adelante, cuando fuimos interrumpidos.
-Bien fino, nena…Y cuando termines me pones queso a lonchas, y quítale la corteza -el maridaje del peligro de ser descubiertos y la excitación de estar haciendo algo tan personal a la vista de todos, aumentaba el placer. Por suerte la Sra.Rosalía debía de haberme confundido con una botella de las del estante que teníamos detrás, pues habló sin extrañarse de mi presencia. Mi tobillo izquierdo hizo rodar una botella de litro de un estomacal, pero el ruido lo ahogaba la máquina. A cada corte de jamón que daba Eudora, lo acompañaba una embestida mía. Volví a levantarle la bata para admirar esas nalgas en acción, que no eran tan redondas ni salientes como mandan los cánones, pero su anchura de caderas la feminizaba y eso me ponía. En realidad, vista por detrás, agachada, bien podría pasar su silueta por la de una bombilla o peor, la de un rinoceronte sin cola. Ella seguía cortando, y aunque el calibre del corte de la fiambrera estaba al mínimo, debería llevar como un cuarto de quilo de jamón. Le puse las manos en el cuello intentando tirar de ella. No estábamos haciendo el amor, éramos dos perros copulando, dos animales con vestimentas de ser humano, cuyo comportamiento había derivado en uno inadecuado y procaz. Bajé de nuevo mis manos a su cintura. Estaba pegado a ella como un jugador se adhiere a las máquinas del millón. Eudora empezaba a hacer sonar el silbato de alerta. Si no había más túneles que traspasar, quería decir que esos lamentos anunciaban el fin de trayecto. Intenté incorporarme, más que un can era un caballo cubriendo a una yegua, y posé algunos dedos de mis manos en su boca, expugnándola también por primera vez. Ya que no podíamos fundirnos en un ósculo, al menos quería tocar sus labios. Ella lamió y mordió mis dedos con auténtico apetito. Llegábamos a la estación, y las tajadas de corte cada vez más irregular formaban un montículo que ya se había desmoronado. La velocidad de mis movimientos era máxima, íbamos a colisionar, y Eudora golpeaba con sus pechos en el asidero de la cortadora. Intentó ahogar sus gritos. Yo la acompañaba en un coro de lamentos lujuriosos. Sin detener la máquina, dejó de cortar, y con su mano derecha, sin girarse, hizo que mi personal tren descarrilara por encima de su espalda, casi a la entrada de la vetada vía muerta. Sin tiempo por respirar, ni adecentar nuestra presencia, dos nuevos visitantes entraron, y acto seguido la Sra.Rosalía reclamaba con su simpatía característica las viandas que había pedido hacía unos minutos. Habíamos salvado con decoro el momento, hasta que Eudora, tras apartar el exceso de lonchas de jamón, y disponer el queso, tal y como quería la clienta, le entregó el paquete, y ésta, agarrándole del brazo, en un inesperado gesto de complicidad, le espetó: «Anda que vosotros… ¡En mi época nos íbamos a un pajar!»

Entrada anterior
No Te Escondo Nada – Sylvia Day
Entrada siguiente
¿Universitarias catalanas? ¿Realmente las señoritas de esta web lo son?
Últimos artículos

Menú