Suspiro mientras le observo encandilada desde la tercera fila, con los codos apoyados sobre la mesa y las manos sujetando mi barbilla. Allí está, con su grave y sexy voz y su vocabulario juvenil. Con su pelo lacio y largo como el de Brad Pitt en Leyendas de Pasión. Con sus ojos verdes, su camisa y sus vaqueros tejanos.

De pronto sonríe y me acaloro. Me echo hacia atrás para recostar la espalda sobre el respaldo de la silla, miro a mi compañera y ambas nos reímos con picardía.

~ Qué bueno está ~me dice Alba moviendo sus labios, sin emitir sonido alguno.

Yo la doy la razón con una mueca de mis dulces y carnosos labios coloreados con un toque brillante de rosa pastel.

Riiiing.

Suena el timbre al llegar el final de la clase. Murmullos, el ruido de las sillas echándose hacia atrás y el sonido de carpetas cerrándose copan la habitación. Mi amiga y yo recogemos, nos levantamos y nos vamos hacia la puerta entre cuchicheos. Llevo la carpeta ceñida a mi pecho, abrazada por ambos brazos y cubriendo mi escote veraniego y mi colgante favorito.

~ ¡Natalia!

Escucho que me llaman. Me giro y veo que el señor Martínez me pide que me acerque. Miro rápidamente a mi amiga con la definición de la alegría plasmada en mi mirada y bajo la carpeta para lucir mi canalillo.

Una cadena fina y delicada deja caer tres maripositas de plata justo sobre el valle de mis pechos. Dos de ellas son pequeñitas, con las alas azul cielo y blancas y la otra es más grande y de color oro.

Cuando llego hasta él, me acerco y pongo mi mano sobre el bíceps al tiempo que le digo sensualmente:

~ ¿Sí, profesor?

~Toma, me ha gustado mucho. Aquí tienes tu trabajo.

“Y aquí tienes mi número”, responde mi mente con deseo.

Sus palabras me enorgullecen y un cosquilleo revolotea en mi estómago. Tras sus palabras, se gira alejándose de mi lado y comienza a recoger los papeles que tiene sobre la mesa para guardarlos en su cartera de piel marrón oscura mientras yo permanezco allí de pie, sonriendo.

Ladeo la cabeza y le miro el trasero. Mmmmm. Me muerdo el labio. “Muy bien puesto, profesor”, pienso.

~ ¡Natalia, vamos! ~me grita Alba desde la puerta.

Asiento con la cabeza, hecho un último vistazo a mi sexy profesor y me marcho tras decirle adiós bamboleando mi cabello castaño. Salimos de clase y nos vamos a la cafetería que está medio vacía porque los de cuarto de empresariales somos de los pocos que tenemos clase hoy.

“Me da una rabia… ¡con lo que me gusta a mí salir los jueves universitarios!”

Somos siete los que nos sentamos en una de las grandes mesas, tres chicos y cuatro chicas, y nos pedimos unos tercios ya que en la cafetería de la uni están mega-baratos.

El tiempo pasa entre risas y parloteo hasta que dan casi las dos de la tarde y la gente comienza a marcharse. Yo hace tiempo que he dejado de beber porque no quiero llegar pedo a casa, que luego me tumbo en el sofá tras comer y no hay quien me mueva de allí hasta la noche. Y hace un día precioso como para malgastarlo así.

Los chicos ya van, como diría Alba, “tajadísimos”. Se ponen a beber sin parar, echan competiciones de ver quien se acaba antes un tercio de un trago y luego no se les entiende hablar.

“Por eso a mí me gustan los hombres más maduros, como ese condenado y sexy profesor. Nada de niñatos”.

La gente comienza a desperdigarse a medida que salimos de la cafetería porque cada uno tiene que coger una línea de metro o un autobús distinto, aunque también hay otros que comenten la imprudencia de ir al parking a por el coche habiendo bebido.

Camino con Alba a mi izquierda y con Marcos tonteando a su lado.

“¡Qué digo tonteando! ¡Yendo a saco!”

~ Natalia para, que me he dejado una carpeta en la cafetería ~me dice Alba.

~ Yo te acompaño.

~ Vale ~le contesta.

Arqueo una ceja sorprendida al escuchar a Marcos saltar como un resorte y al verla a  ella sonriéndole.

“Cómo le gusta seguir el tonteo a los chicos que van detrás suya, jajaja, Alba es la mejor en eso”, pienso.

~ Ok, yo voy hacia la parada, ¡pero si viene el autobús me voy que luego tarda mucho en pasar el siguiente! ~la grito mientras veo como se marcha con su sonrisa angelical y sus pantaloncitos vaqueros que la hacen un trasero fenomenal.

~ ¡Vale, no te preocupes! ~me contesta alzando y zarandeando una mano en modo de despido.

Para llegar hasta la parada de autobús, tengo que cruzar el parking, sortear a los coches, alcanzar la acera y… esperar. Al llegar al poste con el numerito 56, apoyo mi hombro mientras me pongo la música de mi ipad. Cuando me estoy poniendo el segundo auricular, escucho la puerta de un coche dando un portazo y me giro al instante.

Murmuro pensativa al verle allí, con su pelo lacio y largo como el de Brad Pitt en Legendas de Pasión. Con sus ojos verdes, su camisa y sus vaqueros tejanos. Está algo asqueado y regresando hacia la universidad.

“Debe haberse dejado algo en el despacho”, pero no me importa. Molesto o no, enfadado o no, está igual de bueno.

Le sigo con la mirada y mordiéndome el labio hasta que desaparece de mi campo de visión. Dejo caer mi nuca contra el poste del autobús y suspiro. Suspiro por lo guapo que es, por lo sexy que es y porque su madurez me atrae como nunca antes me había sentido atraída. No me llego a imaginar lo que habrá ligado de joven pero seguro que mucho… No me llego a imaginar la experiencia que puede llegar a tener en la cama, ¡pero seguro que mucha!

Mi mente traviesa comienza a jugar con mis emociones. El solo hecho de imaginármelo poseyéndome contra el capot de su coche, sobre la mesa de su despacho o en los baños de la segunda planta, me excita muchísimo.

De pronto, escucho un frenazo.

“¡Ostras, el 56!”, rápidamente aparto a mi profesor de mis pensamientos, saco del bolso mi abono transporte y me subo.

Veo a una chica con gafitas sentada en la primera fila, dos chicos casi a mitad del autobús y ya, nadie más. Cuando la universidad está en el culo del mundo es lo que tiene.

Me voy al final del autobús, dejo caer mis manos sobre mis muslos y apoyo la frente contra el cristal sintiendo su frescor. Mmmmm. Me gusta esa sensación y más cuando hace tanto calor. Cierro los ojos mientras el gran vehículo se pone en marcha.

De nuevo la viva imagen del señor Martínez, me viene a la mente. “¡Dios! ¿Porqué me pone tanto ese hombre?”

Siento el tacto de mis dedos sobre la tela de mi falda y comienzo a acariciar esa zona con mis uñas. Suave, muy suavemente. Mi piel se pone de gallina, se me eriza el vello del antebrazo, alrededor de mi brazalete plateado, y de mi canalillo, por culpa del tacto de las mariposas que cuelgan de mi cuello.

Con travesura, abro un ojo y miro al interior del autobús. No hay nadie fijándose en mí.

De pronto, el vehículo toma un bache y mi cadera salta un poquito hacia delante provocando que mi sexo roce una de mis manos. Una maravillosa e ínfima sensación recorre mis venas. Me muerdo el labio y dirijo mi mano a terreno peligroso hasta acariciar mi ingle. Lo hago sin prisas, esperando a que mi sexo se humedezca más y más.

Lentamente, coloco varios dedos sobre mis braguitas y lo acaricio haciendo suaves círculos. Mi vista se nubla, reposo la espalda contra el asiento y dejo caer la cabeza hacia atrás.

Continúo dándome placer con cuidado de no acelerar, no lo quiero hacer, todavía no. Un primer ronroneo agradable intenta salir de mis labios cerrados. Mientras lo hago, pienso en mi profesor, en su mirada, en cómo sería su cuerpo bajo esa fina camisa…

Tras rodear mi clítoris un tiempo, miro por la ventanilla y observo a la gente por la calle. Justo en ese instante, aprieto mi maravilloso puntito de placer haciendo que la cara se me desencaje. Uuffff. Subo una de mis piernas al asiento doblando la rodilla y, al instante, mi mano libre se lanza a agarrar el borde redondeado del asiento de delante.

Acelero sintiendo una excitación latente por todo mi cuerpo y parpadeo velozmente mientras mi cintura se contonea con mis movimientos. Intento reprimir mis jadeos pero no lo consigo, el éxtasis me controla al imaginarme como mi profesor me abre la puerta de su despacho, me coge de la mano, me mete adentro cogiéndome por la cintura, me arroja contra la mesa y me folla duro por detrás mientras sigo con mi minifalda puesta.

~ ¡Aahh!

Un gemido se me escapa en voz alta al seguir masturbándome. Mmmmm. Con los ojos como platos miro a ver si alguien se está percatando de lo que estoy haciendo, pero cuando voy a fijar la vista, otro espasmo de placer recorre todo mi cuerpo. No puedo parar, estoy a punto de gozar salvajemente.

“¡Sí! ¡Sí!” grita mi mente el secreto que mis labios no pueden contar.

Acelero y acelero con un único objetivo, mi orgasmo.

“¡Aahh! ¡Aahh!”

La mano que tenía agarrando el borde del asiento que tengo delante ahora está sobre mi rostro, acariciándolo. Me llevo un dedo lascivamente a mi boca y luego juego con el pelo que me cae hacia delante.

“¡Oh, sí! ¡Ya, YA!”

Mi cuerpo se tensa y se estira en el asiento. ¡Me encanta! Mis largas piernas bajan hasta el suelo y mi culo se despega del asiento al tiempo que mi cadera se mueve apresuradamente hacia arriba y hacia abajo en el aire.

“¡YA, YA, AAAHHH!”

Uuffff.

Mi orgasmo llega, mi cuerpo es recorrido por un torrente de placer y, al instante, caigo de nuevo sobre el asiento. Mis ojos hacen chiribitas y respiro ajetreada. Mientras me recupero, el autobús comienza a detenerse en la siguiente parada y una anciana se sube. Interiormente comienzo a reír mientras sonrío mordiéndome las uñas porque si me llega a pillar la pobre abuelita…

Natalia…

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