Milena. No te metas en jardines

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Antes de empezar la carrera de ADE, hice de au-pair durante un año en Irlanda, concretamente Dublín. En la agencia me pusieron al cuidado de dos preciosos retoños, Annie y Robin. Eran unos niños estupendos, pero sus padres resultaron ser de lo más insoportable: el padre me hacía comentarios babosos y me miraba lascivamente cuando su Santa no estaba delante, y se apresuraba a hacerse el desentendido en cuanto ella aparecía por la puerta; en cuanto a ella, era una madre controladora e insegura, que no soportaba que sus hijos se rieran tanto conmigo, aborrecía que se pusieran morados con la tortilla de patatas que yo les cocinaba a veces (gritando histérica que era una bomba dietética) y además no hacía ningún esfuerzo por disimular su antipatía hacia mi. Debía tener complejo de madrastra porque me usaba de Cenicienta particular (me encargaba tantas tareas domésticas que a duras penas tenía tiempo libre), y observaba malhumorada cómo su familia se relacionaba conmigo. Muchas veces me pregunté si el hecho de contratar una au-pair mona, no sería una velada y perversa manera de ponerlos a prueba.

Vivían en una casa preciosa típica de familia acaudalada, a las afueras de Dublín y rodeada de un jardín lleno de árboles frutales. Y aunque yo disfrutaba de una habitación para mi sola con baño propio (el doble de grande que todo mi piso actual), que los niños eran divertidos y bastante dóciles y que estaba aprendiendo mucho inglés, el ambiente estaba tan cargado de negatividad y babas que a las dos semanas de estar allí, yo ya no veía el momento de volver.

Y entonces conocí al jardinero.

Richard, 27 años, rubio, fuerte, tímido … y guapísimo. ¡Ya sabía con qué me iba a distraer el resto de curso que faltaba!. Le lancé la caña con todas mis artes hasta que el pobre cayó como una mosca en un tarro de miel. Entonces, una de las tardes en que la familia había salido de compras, le invité a la casa. No quería perder su empleo y se negó, así que me tocó sacar la artillería pesada: empecé a desnudarme tras la ventana frente a la cual estaba podando un manzano. No tardó ni diez minutos en entrar como un miura arrancándose la ropa y lanzándose encima mío. Fue tal el arrebato que no nos dio tiempo ni de subir las escaleras, fue un “aquí te pillo, aquí te cepillo” en toda regla. Y nos dimos cuenta de que la perspectiva de que nos pillaran en plena faena, no había hecho sino aumentar nuestro deseo.

Sin darnos cuenta, fuimos tensando la cuerda y descuidando las precauciones cada vez más: apurábamos el tiempo hasta el último segundo, lo hacíamos a plena luz del día escondidos en la caseta de herramientas mientras los niños jugaban al otro lado del patio, o en la cocina, o detrás de algún árbol … cualquier sitio y cualquier hora eran buenos para dar rienda suelta a nuestros impulsos. Uno de los días, incluso, llegó a subir a mi habitación en plena noche para regalarme un magistral cunnilungus que me obligó a tapar mis gemidos con la almohada, puesto que la familia al completo dormían plácidamente al otro lado del tabique. Realmente fueron un par de meses de lo más demencial.

Y por supuesto, finalmente se presentó el día en que la madre de la familia, que no perdía ocasión de vigilarme (especialmente en la última época en la que yo obviamente estaba más alegre que nunca) nos pescó en plena distracción y montó un numerito a lo neorrealismo italiano, que desembocó en un despido doble. Nos echó a ambos gritando como una enajenada mientras soltaba por la boca una sarta de improperios destinados principalmente a mis ancestros, a los de él y a su mala suerte con el personal.

Acabé mi año en Dublín compartiendo habitación con dos compañeras, y me las busqué con el sueño profundo porque Richard me visitó más de una vez. Me pregunto si lo nuestro hubiera durado tanto si en nuestra relación no hubiera existido ese morbo de ser sorprendidos en cualquier momento.

Posiblemente no. Y es que … qué bonito es tener público cuando eres un artista.

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