Iria, juguemos a la gallinita ciega

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“Deja la puerta de tu casa abierta y espérame en la cama, a oscuras y desnuda”. Y tras esas únicas palabras, colgó.

Y ahí estaba yo, más de una hora después, en la más completa negrura, con la puerta de mi casa entreabierta, tal como mi madre me trajo al mundo y arrepintiéndome de mi impulsividad “Iria, quién te mandaba meterte en estos berenjenales, tía”. Ese plan había pasado de ser excitante y morboso, a un ejercicio de imprudencia, ¿sabía algo de ese hombre? ¿porqué yo abría la puerta de par en par a un absoluto desconocido? … mi linda cabecita empeñada en imaginarse escenarios cada vez peores a medida que pasaba el tiempo, me mostraba un abanico de probabilidades inmenso, por esa puerta abierta al mundo podía colarse de todo: vecinos curioseantes, testigos de Jehová cargados con Biblias, ladrones, o lo mejor, ¡asesinos en serie armados con cosas punzantes y cortantes y explotantes y vaciantes y todos los -antes más terroríficos que podáis imaginar! (y a los que yo, con mi asombrosa candidez, ¡habría dado cómodas facilidades para organizar una peli gore en mi propia cama!). Una vocecita en mi cabeza bramaba un insistente “abortar misión” y yo, tozuda, hacía oídos sordos como si la cosa no fuera conmigo. En el fondo, me ponía el riesgo.

No sospeché una situación semejante cuando vi en Tinder al guapetón que nos ocupa, y su foto, en estudiada pose malota, parecía decir “dame un like que verás lo que te espera”. Hicimos match casi inmediatamente y durante algunos días hablamos por whatssap. La charla insustancial acabó transformándose en un diálogo cada vez más sugerente, en el que el inicial recato dejó paso al total desacato. En una semana, la temperatura había subido tanto, que cuando sonó el teléfono y escuché su voz decretando lo que yo debía hacer … el juego estaba tan arriba que no dudé un segundo: ejecuté sin vacilar.

Más de una hora después, en la que había pasado de una vibrante excitación a una disuasiva inquietud, un ruido en la entrada me paralizó bajo las sábanas. Un portazo, unos pasos … y venían hacia mi. No sabía si reír o salir corriendo, aunque reconozco que la mezcla de inseguridad y expectación disparó ríos de adrenalina por mis venas. Tensa, pero atenta, esperé durante un lapso que pareció interminable a que ese moreno barbudo y seductor apareciera por la puerta con sonrisa de chico Martini. Y efectivamente, apareció. Sólo que no era el personaje esperado, ni tenía la actitud golfante, ni mucho menos el porte engatusador. Resultó ser un muchacho muy tímido, más joven de lo que yo creía y estaba, decididamente, mucho más nervioso que yo, no sabía cómo ponerse y le temblaba hasta la voz … el eterno problema de las expectativas hinchadas: tú confías en que aparezca el lobo feroz, y a la hora de la verdad, se presenta la abuelita, con el riesgo de que lo único que te provoque sean ganas de merendar.

Tuve que merendármelo yo a él, por supuesto. La perspectiva de que tras esos estimulantes preparativos la cosa acabara en gatillazo no entraba ni de lejos en mi planificación, soy de natural testaruda. Y tengo que decir que a esas alturas de la película … estaba ya muy cachonda y había pasado -de mucho- el punto de no retorno.

Le expliqué en vivo el cuento del cazador cazado. Aunque en esta ocasión … puedo juraros que al muchacho le encantó ser mi presa. Cosas de gallinitas con dientes 🙂

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