Gisela. Profesional. Mmmuy profesional.

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Barcelona es una gran ciudad para circular en moto:  tiene la dimensión ideal para ello, un clima fantástico la mayor parte del año y cierto orden automovilístico (que no es Nueva Delhi, vaya). Me pareció buena idea comprarme una moto de segunda mano, para ir a la universidad y no tener que aguantar más olores y apretujones desagradables de buena mañana.  Pero lo malo de las motos es que necesitan revisiones, y algunas salen más caras que una escort de las buenas. Ejem.

Mi querida vehícula (en mi casa todas somos hembras) tiene un carácter díscolo y travieso, y no hay cosa que la prive más que dejarme tirada a la mínima de cambio. Le gustan especialmente los días de lluvia, o aquellos en los que tienes prisa, así de chistosa es ella. Así que cuando hace un mes, a la señora le dio por no arrancar … no me extrañó en absoluto (y eso que la última puesta a punto me había costado un ojo de la cara). Pasado el berrinche inicial decidí cambiar de mecánico  porque, obviamente, el último me había estafado.

Estaba en plena época de exámenes y no tenía tiempo de ocuparme de ello, por lo que temporalmente volví a mis épocas de transporte metropolitano, mientras la moto cogía polvo aparcada en la calle durante un montón de días. Finalmente me decidí, y al no tener más remedio que llevarla empujando, opté por un taller que me venía de paso. Una vez allí, sucia como estaba y llena de barro, no hubo manera humana de sacar la llave del cláusor, por lo que después de diez minutos batallando, tuve que llamar a uno de los mecánicos para que saliera a ayudarme. En diez segundos, el sujeto la había sacado sin esfuerzo, con lo que asombrada, me descubrí diciéndole con cara de boba “jo, qué artista, muchas gracias”.

El hombre presumiblemente se tomó aquel comentario como una genuina declaración a lo “dama en apuros adorando a su salvador”. Respondió con un ladeo de cabeza-guiño-sonrisa socarrona en un gesto muy chulazo tipo Ryan Gosling, pero que viniendo de ese señor, sólo conseguía recordar a mi tío Anselmo mascando tabaco. Me hizo entrar para tomar datos y la sucesión de preguntas surrealista que se desarrolló a continuación fue algo como:

– Él: ¿Qué le pasa a la moto?
– Yo: Tal
– Él:  ¿modelo? – ¿matrícula?
– Yo: Tal – tal
– Él (sin levantar la cabeza del papel): Tienes unos ojos preciosos.
– Yo: ¿eh?
– Él: ¿Teléfono?
– Yo: eeeeh … tal

Salí pensando “¿a qué venía eso?”. Y con el sentido práctico habitual de una estudiante de XXXX,  entré en Facebook y lo sometí a encuesta: “¿Recibir un piropo de un mecánico, da opción a pedir descuento?” en un intento de obtener una clara respuesta afirmativa. Pequé de inocencia, porque por supuesto, y para no desvirtuar la maldad residente en mi grupo de amigos, el veredicto mayoritario fue: “eso es que la reparación te va a costar una pasta y está desviando la atención”, “prepara la cartera, que te la va a vaciar”, “tus ojos no te van a salvar de ésta”, y otras lindezas por el estilo. Consiguieron sembrar la duda… ya veía que ni con un pestañeo de mis “preciosos ojos” me iba a librar del sablazo.

Pues bien, esta mañana he ido a recoger la moto al taller. La factura, no ha sido especialmente elevada, un cambio de batería y una única hora de trabajo. Y cuando ya pensaba que las alimañas que tengo por amigos, son precisamente eso, alimañas, y que todavía existían profesionales honestos, aparece el mecánico con mi moto y estaba absolutamente flamante: limpia, abrillantada, casi nueva.

“Te la he limpiado un poco, ojos bonitos. A ver cuando me devuelves el favor”.

Pues muchas gracias, muy amable -visualizadme sonriendo de oreja a oreja- ¡hasta luego!.

Si somos profesionales, somos profesionales. Y esos favores … esos valen más que un abrillantado, querido.

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