Elsa. Las cosas del poder… y del querer

  1. Inicio
  2. Mi Diario
  3. Elsa. Las cosas del poder… y del querer

A veces algunas personas me preguntan porqué me dedico a ésto. No hay una única razón, en mi caso son varias (y no todas pasan por ganar dinero). Podría enumerarlas, pero en realidad se resumen en una sola: porque he nacido para ello. Habría sido realmente una faena que mi gusto por el sexo hubiera ido acompañada de un físico poco agradable, pero para mi tranquilidad, y aunque no es mérito propio, gusto mucho a los hombres. Y ellos a mi.

Siempre ha sido así, nací ardiente. A los 6 años mi tutora habló con mis padres para explicarles, un poco avergonzada, que me pasaba las horas de clase haciendo movimientos masturbatorios contra la esquina de la silla, en horas de clase. Me llevaron al psicólogo, y él le restó importancia: “los niños de esta edad están descubriendo su cuerpo y lo toman como un juego, ya se le pasará, no se preocupen”. Mis padres se afanaron entonces en pedirme que hiciera “eso” en mi habitación o cuando me fuera a la cama. Y no entendí nada, ¿cómo podría meterme una silla en la cama?. Santa inocencia.

Crecí y observé, para mi regocijo, que el tema “mobiliario” no era imprescindible. De hecho ¡mejoraba bastante con compañeros de juegos no inanimados! … así que, con esta tendencia innata que tengo para el placer y este cuerpo serrano … ¿porqué no aprovecharlo para pagarme los estudios?.

Cuando empecé estaba en primero de carrera. 18 añitos y un novio al que quería mucho pero que era totalmente inexperto en el tema que nos ocupa y con el cual no aprendía nada. Como estudiante, además, disponía de cero holgura económica … así que decidí “desahogarme” en todos los sentidos. Y llegué aquí: una casa para estudiantes liberales regida por una amable “rectora” que supo acogerme, hacerme de consejera y acompañarme profesionalmente en mi primera experiencia.
El agraciado, fue un belga de viaje de trabajo en Barcelona, que buscaba una chica con idiomas y de pura raza no aria (le pirraban las morenas). La “rectora” pensó que era ideal para mi estreno, y al belga le encantó la idea de una morena joven e inexperta.

Fue muy amable conmigo, considerando que yo llegué al hotel tan nerviosa que no podía ni pensar, y mucho menos, hablar en otra lengua, me equivocaba continuamente, tartamudeaba, mezclaba declinaciones y estuve especialmente torpe, pero eso no hizo más que despertar más aún su simpatía. Me besó dulcemente mientras me desnudaba con calma, acariciándome y susurrándome al oído lo mucho que le ponía. Y poco a poco consiguió que los nervios de novata fueran amainando para dar paso a la loba. A pesar de la ansiedad, ahí estaba.

Y estaba excitada de verdad.

Verdaderamente estaba siendo mucho mejor de lo que esperaba. Siempre había pensado que las profesionales fingían la mayoría de las veces y que yo no sería una excepción, pero estaba MUY equivocada. Este hombre era un amante sensacional y consiguió que el momento fuera realmente una gran experiencia para ambos, una sorpresa, un regalo. Una espiral ascendente de sensaciones a las que mi cuerpo se entregó casi sin darme cuenta, y que culminó en uno de los orgasmos más salvajes que he tenido en mi vida. Y he tenido muchos, creedme.

Desde entonces estoy convencida de que existen dos tipos de escorts. Las que reúnen todas las condiciones físicas para serlo, y por tanto pueden. Y las que además de poder … queremos serlo.
¿Desde cuando no debe mezclarse trabajo con placer? ¿eh? ¿eh?

Entrada anterior
Gisela. Profesional. Mmmuy profesional.
Entrada siguiente
Milena. No te metas en jardines
Últimos artículos

Menú