“Maldito cacharro, no me has despertado”  pensé mientras el despertador volaba por los aires y se estrellaba contra la pared de enfrente, dejando una bonita marca de desconchado en la pintura. “¡Mierda! … bueno, después lo arreglo”, no podía entretenerme, ya estaba llegando tarde a clase.  Así que me lavé, me hice una coleta, me puse lo primero que encontré en el armario y salí de casa escopeteada envuelta en un tornado negro, al más puro estilo “demonio de Tasmania de la Warner”. Con el corre-corre no me di cuenta del desaguisado hasta que me senté en en autobús y noté un frío raro en la bajaguardia … “no puede ser”. Pero sí … había olvidado ponerme las braguitas.

El problema no hubiera sido demasiado grave si en mis prisas hubiera optado por un outfit un poco menos veraniego. Pero la verdad es que en mi vorágine matutina me había calzado el primer trapito que agarré, y éste resultó ser un vestido precioso, pero demasiado corto y a todas luces inadecuado –ahora me daba cuenta- para días de viento y ausencia de ropa interior.

Bajé del autobús y oteé a mi alrededor en busca de soluciones. Para mi desespero, no se vislumbraba ni una tienda de lencería, ni unos grandes almacenes, ni una triste mercería de abuela …  y definitivamente no podía ir a clase así, cualquier corriente de aire habría sido un revuelo, nunca mejor dicho. Así que me lancé a andar calle abajo, pegando tirones a la falda como si con ello fuera a crecer, hasta que al torcer la esquina me tropecé con una gitana de las que son capaces de venderle un peine a un calvo, y se me ocurrió preguntarle si no tendría braguitas, por casualidad. “¡Pueh claro, mi arma!, vente conmigo a la parada de mi prima que tiene una bragah monísimah”. Y  para allá que fui con Manoli y su parloteo incesante. Llegamos al cabo de 5 minutos inacabables en los que intentó colocarme una pseudocolonia de marca, dos cremas hidratantes y una ristra de ajos. La prima de Manoli tenía una parada de ropa interior, sí, lo que no me dijo es que era ropa interior “de fantasía”. Poca tela y mucha blonda rasposa, para que nos entendamos.  Cogí lo que me pareció menos aparatoso entre todo aquel derroche de satén y encaje barato, me metí en un portal para ponérmelas, y me subí rauda al bus, esperando poder llegar a tiempo a la segunda hora, por lo menos.

Al sentarme ya me di cuenta de que mi decisión no había sido la más óptima… aquello apretaba, rascaba y molestaba muchísimo. En clase, fue aún peor si cabe, la combinación silla de fórmica y piernas cruzadas (al llegar tarde solamente quedaba la primera fila disponible, y aquello era como un mirador perfecto para el señor catedrático) no hizo  más que aumentar mi sensación de agobio y picores. Aguanté como pude todo el día hasta que al llegar a casa, me precipité a arrancarme con furia aquel instrumento de tortura y tirarlo lo más lejos posible  (cayó, casualmente, al lado del despertador, agente autor de aquel despropósito de día) y comprobé, atribulada, el fruto de aquel destrozo:  serias rozaduras y ronchas que tardaron días en desaparecer …

Desde aquel día he abrazado con pasión la ropa interior cómoda, franca y buena gente.  Simple? sí, menos bonita?, puede ser. Pero cada cosa a su tiempo, fantasías incluídas … y sino lo mejor … lo mejor es que corra el aire.

Entrada anterior
Ambrosio
Entrada siguiente
¿Cómo hacer un buen cunnilingus?
Últimos artículos

Menú