Hace días, servidora estaba en el Festival Cruïlla, a 36 grados a la sombra y bailando como una loca en uno de los conciertos. Hacía un calor sofocante y mis amigos y yo no parábamos de beber cerveza para combatir el bochorno. Y ya sabéis lo que pasa con ese gran diurético … que tal como entra, sale.

En uno de mis mil viajes a los lavabos, me encontré haciendo cola detrás de una chica guapísima. Llevaba unos shorts muy cortos de los que emergían un par de piernas torneadas, brillantes y morenas, que yo no podía dejar de admirar, hipnotizada. Eran espectaculares. Se percató de que la observaba y me sonrió un par de veces, pero cuando salí, desgraciadamente, ya no estaba. Y mis ganas de hablar con ella se diluyeron como lágrimas en la lluvia.

Me dirigí de nuevo hacia donde estaba mi gente en el momento que sonaba el “She’s a Star” de los James. Me giré para bailar con uno de mis amigos cantando el estribillo a pleno pulmón cuando, zas, ahí estaba piernas preciosas, muy cerca de mi, entre la multitud. Y muy bien acompañada, por cierto: a su lado un chico muy atractivo, casi tanto como ella, le rodeaba cariñosamente la cintura con su brazo. Menudo par de bellezas, pensé. Continué bailando y lanzando miradas furtivas -y gracias a la cerveza ingerida, muy poco disimuladas- y ellos, empezaron a besarse de una manera muy sensual, mientras me observaban y sonreían de vuelta. Uf, si querían despertar mi envidia, desde luego lo estaban consiguiendo. Pasado un buen rato, y ante la necesidad imperiosa de volver a hacer pis -es lo que tiene el calor- emprendí mi camino a los lavabos, no sin antes lanzarles una sostenida mirada cargada de intención.

En mi viaje albergaba la esperanza de que vinieran tras de mi pero, desilusionada, hice la cola y entré en el lavabo sin que les viera el pelo en ningún momento. Mi estado de achispamiento cervecil seguramente me habría hecho ver señales donde no estaban. Abrí la puerta mirando al suelo y en ese momento, unas piernas morenas -y preciosas- delante mío, se acercaron y me frenaron el paso. Levanté la vista y ahí estaba mi pareja de bellezas, sonriendo y empujándome suavemente otra vez hacia adentro, entre risas cómplices. No tuve tiempo de reaccionar, sin darme cuenta de repente estábamos tres personas en un minilavabo portátil del tamaño de un armario, y en una situación más caliente que el propio infierno. Y no precisamente por el verano.

Ella enfrente mío y el detrás, y apretados en aquel reducido cubículo, me sentía como el fiambre de un sandwich aunque me dejé llevar por la situación. Si ese par de especímenes me habrían puesto, por separado, muy caliente, tenerlos a la vez se convertía en todo un subidón. Ella se acercó y me besó en los labios, mientras él, detrás mío, me comía el cuello y me ayudaba a desprenderme de mi camiseta. Me giré para besarlo también a él, momento en el que ella aprovechó para quitarme el sujetador y acariciarme los pechos. Creí morir de excitación, por lo que fui alternativamente regalándoles mi atención, a uno y a otro, en un baile en el que cada vez había menos ropa y más vehemencia. Llegó un punto en el que todo se puso muy complicado (porque una tiene sus especialidades, pero el contorsionismo extremo no es -todavía- una de ellas), y tuvimos que vestirnos más o menos para largarnos rápidamente de allí y acabar la sesión en un hotel cercano. Ni me despedí de mis amigos.

La cara del recepcionista al ver entrar a ese atractivo joven abrazado de una jaca a cada lado, fue una mezcla de fascinación y verde envidia. Y no me extraña, porque lo que vino luego … eso sí fue un auténtico festival.

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